Más muertes, menos verdad

Por Osvaldo R. Agatiello, consultor de gobiernos y de organismos internacionales, profesor de economía internacional y gobernanza, Abogado y Doctor en Derecho, Máster y Doctor en Relaciones Internacionales.



El asesinato del doctor Natalio Alberto Nisman conmociona a la Nación en cuerpo y alma y revela, en toda su magnitud, tanto “el potencial de salvajismo que existe en la Argentina”[1] cuanto la inconsciencia criminal de los propiciadores.

No es nuevo que el crimen común y el político se alimenten mutuamente, con delincuentes a sueldo compartido. Lo que es inmensamente más grave es que el país se convierta en un aguantadero de terroristas internacionales y traficantes de estupefacientes, armamento y prostitución, como lo fue de criminales de guerra nazis, fascistas y ustashas durante la posguerra. Y, peor aun, que se los vista de asociaciones económicas público-privadas (PPP) con fines de utilidad pública, cuando se trata de negocios de poderosos políticos. Los sangrientos ajustes de cuentas que esas actividades delictivas suscitan aparecen en los diarios y la televisión todos los días.

Es cada vez más evidente que no se trata solamente de rencillas domésticas, como se quiere circunscribir esta cuestión de Estado. Estamos importando conflictos entre intereses que se mueven en la oscuridad del poder internacional. Quienes han embarcado al país en esos rumbos clandestinos también han elegido alinear a la Nación con uno de los campos en pugna dentro del Islam en Oriente Medio, sin que la población lo haya percibido siquiera. Los beneficios son para unos pocos manipuladores; los problemas traerán décadas de dolores de cabeza a la mayoría incauta.

La Argentina es miembro de la Organización de las Naciones Unidas y de organizaciones especializadas en la lucha contra el crimen internacional, como el Comité contra el Terrorismo del Consejo de Seguridad (UNCTED) y la Oficina contra la Droga y el Delito (UNODC). También es signataria de numerosas convenciones que la obligan a emprender una lucha activa contra esos males globales, no a asociarse con ellos.

No lo hace porque hay intereses políticos y económicos que lo impiden y el fiscal Nisman ha sido víctima de ellos, como antes lo fueron los inocentes muertos en la Embajada de Israel en 1992 y la AMIA en 1994. No serán los últimos si la opinión pública no reclama el escarmiento y los responsables institucionales dignos no asumen su responsabilidad constitucional. No hay espacio para la neutralidad. Todos nos jugamos la vida y la de nuestros hijos.
 

Osvaldo R. Agatiello, consultor de gobiernos y de organismos internacionales y profesor de economía internacional y gobernanza en la Escuela de Diplomacia y Relaciones Internacionales de Ginebra (GSD). Egresó de las universidades de Buenos Aires (Abogado) y Córdoba (Doctor en Derecho) y de la Escuela Fletcher de Derecho y Diplomacia de Massachusetts (Máster y Doctor en Relaciones Internacionales).